El Ministerio de la Hospitalidad

«Llamen y les abriremos». La hospitalidad es una gran cosa. Y yo tomo este término de función en el sentido más fuerte. Así, el matrimonio cristiano por la práctica de la hospitalidad, contribuye a la vida y al crecimiento del Cuerpo Místico de Cristo. Este es un aspecto esencial, específico, irremplazable, de la misión apostólica del matrimonio.

La práctica de la hospitalidad, demasiado olvidada, es sin embargo muy importante. Al lado del ministerio sacerdotal, del ministerio de la palabra, del ministerio de la beneficencia… en la Iglesia hay un «ministerio de la hospitalidad». ¿Y quién lo va a ejercer en primer lugar si no es, ante todo, el hogar cristiano?

Vengan a mi casa.

Uno no ofrece hospitalidad en casa de su vecino, tampoco la ofrece bajo un roble en el bosque o en la berma de la carretera; uno dice a su amigo: «Ven a mi casa». ¿Han reflexionado alguna vez sobre esta expresión que resulta asombrosa –Ven a mi casa? Ella nos deja entender que la acogida es ante todo de orden espiritual, que abriré a mi huésped mi «yo», mi propio corazón. Porque mi casa soy yo, mi yo crecido. La casa es tan mía como el cuerpo al alma, es tan mía como mi cuerpo y yo. Se trata de la pareja, de la familia, debemos decir de la casa, que ella es el cuerpo mismo de la familia. La casa está unida a la familia, como el cuerpo está unido al alma. La familia «hace» su casa, como el caracol produce su concha.

Con respecto a la hospitalidad, la casa juega un gran papel: introduce al visitante al corazón de la familia, donde traduce para él su alma profunda.

Pequeña filosofía de la casa

«Pensemos en los centenares de miles de personas desplazadas», tal vez así entendamos mejor el sentido profundo de la casa. La casa, ante todo focaliza, sitúa al hombre en lo físico y en lo moral. Apenas un hombre es el que no tiene una morada: el vagabundo, el que no tiene fuego ni lugar. La casa hace algo más que localizar, ella ennoblece: al compartir la tierra hemos tenido derecho a un lote, a una porción del planeta. La función primera de esta casa, en la cual debemos estar situados y ennoblecidos, es proteger: contra las intemperies sin duda, pero mucho más contra la muchedumbre deshumanizante. Ella favorece la intimidad; gracias a ella uno sabe dónde encontrarse, dónde reunirse. Es ahí donde toma forma la comunidad familiar, donde la familia lleva a cabo sus funciones esenciales: allí nos amamos, damos la vida, retomamos la fuerza física y moral, nos curamos de las enfermedades, reposamos, nos relajamos, allí celebramos el culto al Señor, y acogemos a los viajeros y a los amigos.

La casa tiene como función proteger, pero se debe evitar aislar, por eso en sus muros hay ventanas y puertas. De esta manera la casa refleja las dos aspiraciones funcionales y complementarias de la persona humana: la necesidad de recogimiento, de intimidad, y el deseo de la comunión con los demás. Secreta y abierta, la casa debe ser lo uno y lo otro. Debe defender a la familia de dos amenazas opuestas: el individualismo que hace replegarse a uno sobre sí mismo y bastarse a sí mismo, y el comunitarismo que disuelve al individuo entre la masa.

Esta pequeña filosofía de la casa nos hace apreciar el inmenso privilegio de tener una morada, una vivienda. Esto nos puede llevar a reflexionar sobre un aspecto social: la situación de todas esas familias que no tienen un alojamiento o al menos no disponen de un espacio vital suficiente.

La hospitalidad consistirá entonces en hacer disfrutar a otros de los recursos de la casa: abrigo, protección, alimentos, descanso. Pero esto no es, sin embargo, lo mejor de lo que nos puede ofrecer. Aún más importante que abrir la casa, es abrir la comunidad familiar. La apertura de la puerta debería significar siempre la apertura de los corazones. La verdadera hospitalidad es para los esposos, ofrecer la irradiación de su amor.

La ley de la hospitalidad entre los beduinos del desierto precisa que el huésped no debe irse nunca con las manos vacías; yo añadiría que nunca debe partir con el corazón vacío. Es necesario que se lleve de su estancia recuerdos que permanezcan y lo reconforten en las horas de soledad y de angustia.

La manera de dar

Pero nunca debemos olvidar que la manera de dar vale aún más que lo que se ofrece. Los orientales se preocupan mucho por manifestar al huésped que él es el dueño de la casa y que quien lo recibe es el agradecido.

¿No tiene, el hombre que entra bajo nuestro techo, mucho más que regalarnos que lo que él pueda recibir de nosotros? El conoce otros cielos, otros entornos, otras mentalidades, otras actividades, otras experiencias. Pero es cierto que es todo un arte lograr que el huésped entre en confianza: intuir aquello que él quisiera decir y confiar, despertar su alegría por ser escuchado con interés, por ser comprendido.

Yo digo que es necesario abrirse a los conocimientos, a las riquezas del otro; pero la principal riqueza que él aporta, es él mismo. El huésped es un ser sagrado. Una ilustración admirable de esta forma de pensar está en la página del Génesis que nos describe la acogida, por parte de Abraham. de los tres personajes misteriosos que se presentaron en la entrada de su tienda, en el encinar de Manré.

¿Cómo se explica entonces el carácter sagrado del huésped en tantas civilizaciones?, ¿No será que trae al corazón de los hombres el presentimiento de que un día Dios vendrá entre los suyos bajo el rostro del viajero y que no hay que arriesgarse a perdérselo?

Quien tiene esta estima del huésped no esperará que alguien llame a su puerta, él sabrá invitarlo. Es esta la primera manifestación de la virtud de la hospitalidad. La intuición del corazón hará descubrir fácilmente a quién se debe dirigir la invitación.

* Extractos del Anillo de Oro – El matrimonio Ese Gran Sacramento. Número especial 111-112 – Mayo – Agosto 1963 (págs. 273 à 287).

Nota del Equipo Web: Las itálicas en textos que no están entre comillas son nuestras para resaltar algunos puntos.