Romano Guardini. Cartas Sobre la Autoformación. Lettera Settima. La Libertà

Así, pues, ¿cuándo merece un hombre el calificativo de “libre”? Cuando externamente es dueño de sus decisiones. Cuando se independiza del influjo de hombres y de cosas y se comporta según el dictamen de su propia intimidad. Pero sobre todo, cuando lo más profundo del hombre, su conciencia, impone su señorío sobre todo el mundo de instintos y pasiones.

La primera clase de libertad es buena y digna de que se luche por ella. Sirve para preparar el camino, pero no supera la exterioridad.

Más importante es la segunda: penetra más profundamente en el interior; sin ella la primera carece de valor. Hace al hombre libre en función de la actualización de su esencia; hace que no viva y obre como su ambiente, sino conforme a las exigencias de su propio ser, que sea idéntico a sí mismo, que sienta según postulados propios, que piense tal como a él le parece evidente, que obre como le parezca más justo, que en toda su conducta exprese la imagen de lo que realmente es. Sólo esta segunda libertad da valor a la primera.

Pero la tercera clase de libertad, la más íntima, tiene un valor verdaderamente decisivo, si el hombre se abre al espacio hacia la libertad moral; si ha de ser su conciencia –voz de Dios en él, la que impere, y no el instinto, la pasión o el egoísmo; si el hombre se convierte en una persona, si la conciencia sirve a Dios y domina todo en nombre de la voluntad de Dios; entonces el hombre es verdadera y plenamente libre.

Porque ser libre quiere decir pertenecerse a sí mismo, ser uno consigo mismo. Y mi “yo” verdadero y propio es la conciencia; a ella debe pertenecer todo, y yo, si he de ser libre, debo hacerme uno con ella.

Sólo esta libertad da a la externa su valor, porque hace que sea libertad de hombre, no libertad de un pájaro. También presta su valor al segundo modo de libertad, haciendo de ella libertad digna de un hijo de Dios y no un mero despliegue de energías naturales. Sólo ella es fuente de toda vitalidad y de todo impulso noble y fructífero.

Ahora podemos preguntar: ¿el hombre es libre por naturaleza? No. Tiene que hacerse. Es libre en esa forma elemental de poder ir por la derecha o por la izquierda –como quiera, en el cruce de dos caminos.

Pero la libertad auténtica, la espiritual, tiene que ser conquistada.

Y cuesta una lucha tenaz, infinitamente ardua. Es curioso que cuando uno se acerca a la gente que más alardea de libertad, advierte con frecuencia que apenas saben algo de la libertad verdadera.

Los que saben verdaderamente qué es la libertad, los que aspiran realmente a ella y han experimentado en lucha difícil cuán lejos está el hombre de poseerla plenamente, ni la mencionan.

Pero ¿cómo llegar a ella? Tres caminos llevan a la libertad: conocimiento, disciplina y unidad.

“La verdad los hará libres”, dijo el Señor. Uno está más profundamente hundido en la esclavitud, cuanto menos se reconoce esclavo. Si su situación empieza a hacérsele manifiesta, empieza a amanecer la liberación.

El que, por ejemplo, participa o colabora en la crueldad de otros simplemente sin reflexionar, se vincula por entero a tal situación. Quien con absoluta naturalidad comparte las locuras de la moda, de los tópicos en el hablar o de la opinión pública, las malas costumbres, los hábitos depravados de los condiscípulos, de los compañeros de oficio o de los amigos, naturalmente también es esclavo. Pero si una experiencia cualquiera o un consejo llega a despertarle la conciencia y hacerle ver cuán servilmente se porta, cuán inexactamente juzga, cuán perniciosa resulta cualquier rutina..., entonces puede que experimente como que una venda se le cae de los ojos. Se avergüenza. Él mismo no comprende cómo ha podido ser y comportarse de ese modo. Las tinieblas se han disipado, y ha quedado abierto el camino hacia la libertad. Ve cuál es la situación y comprende a qué objetivos tiene que aplicar su esfuerzo. Ante todo tiene que clavar la mirada en su interior.

No basta saber y decir: “soy grosero con los demás”. Debe preguntarse: “¿por qué?, ¿con quién en particular?”. Tal vez entonces se dará cuenta de que aquello que le enfrentaba con el otro hasta el punto de mostrarse insolente con él, era una envidia oculta o unos celos secretos. No basta saber simplemente: “soy negligente en mi trabajo”. Hay que preguntarse: “¿porqué?”. Puede ser pura pereza o quizá cansancio. Pero habrá que ver si este cansancio está a su vez causado por no guardar ningún orden, por acostarse demasiado tarde, por querer solucionar al momento todos los asuntos que se ofrecen. No es suficiente saber: “soy irascible con los demás, despiadado en el juicio, impaciente con quienes me rodean”. Se requiere la pregunta escrutadora: “¿porqué?”. Entonces tal vez se comprenderá cómo en último término todo procede de la pasión; cómo alienta, no dominada todavía, algún ciego instinto, causa de nuestra insatisfacción.

Para comprenderse, pues, a sí mismo, conviene preguntar:

“en mis relaciones exteriores, ¿dónde hay lazos que yo pueda romper sin lesionar mis deberes?

¿dependo de los demás por la imitación, la vanidad o el respeto humano?

¿me hacen esclavo de las cosas la ambición, la envidia, la codicia? ¿soy esclavo de mi naturaleza por alguna pasión, por mis defectos o por mis desórdenes?

¿cuáles son mis defectos más destacados?

¿cómo se manifiestan al exterior?”.

De este modo se va consiguiendo poco a poco un cuadro exacto de sí mismo.

Resulta sumamente práctico reflexionar tan pronto como nos ha ocurrido una cosa. Después de un choque, de un altercado, preguntarse:

“¿cómo han llegado las cosas a tal punto?

¿de qué soy culpable?”

Ahora que, ¡buscar con nobleza la verdad!, ¡que el amor propio no pueda retorcer las cosas de tal modo que aparezca uno inocente! Un filósofo ha dicho: “Cuando la memoria afirma: ‘Esto lo has hecho tú’, el orgullo replica: ‘Yo no puedo haber hecho tal cosa’. Y la memoria se rinde”.

Pero veamos un poco cuál es la situación.

¿Qué es lo que se ha posesionado tan perfectamente de mí, que me ha llevado tan lejos?

Si hemos hecho algo malo, debemos ser rigurosos con nosotros mismos y preguntarnos:

“¿por qué he llegado a tal extremo?

¿me ha ocurrido esto ya otras veces?

¿hay algo en mí clavado que me arrastra hacia aquí?”.

Después de un fracaso, examinarse:

“¿qué es lo que ha fallado?

¿cuál fue la causa: irreflexión, desorden, debilidad, desconfianza...?”.

En semejantes ocasiones la conciencia está más despierta, la mirada más limpia, la voz interior más clara. Es preciso aprovecharlas.

En el repaso general del mes, del semestre, o de cualquier tiempo pasado, hacerse seriamente las preguntas siguientes:

“¿cómo ha ocurrido? ¿qué hice bien?

¿en qué fallé?

¿cómo hice mi trabajo?

¿cómo me porté con los parientes, con los compañeros, los profesores, los superiores e inferiores?”.

También puede utilizarse para esto el examen de conciencia que precede a la confesión y observarse por un cierto tiempo respecto a una falta determinada.

Lejos de mí pretender con todo lo dicho que tengamos que estar siempre contemplándonos, observándonos y analizándonos.

Semejante actitud destrozaría nuestro espíritu. La ansiedad, que ve faltas por todas partes; la escrupulosidad, que en todo cree haber pecado, son todavía peores que una ceguera ingenua, pues falsean la conciencia y la sumen en la inseguridad. Pero es necesario querer ver claro. Para ello hay que examinarse de vez en cuando, y hacerlo con toda sinceridad, con una mirada que quiera realmente ver, con un ojo incorruptible, apreciando lo malo como malo, lo importante como importante. Sin disculpar ni paliar nada, sino buscando la luz.

De ahí procede aquella libertad que hace libres.

Mas la teoría pura no es aún absolutamente nada. Se necesita también la práctica: disciplina y sacrificio.

La verdadera libertad brota y crece tan sólo en la disciplina.

Si alguien te habla de libertad, y ves que ésta no procede en él de la disciplina, no le creas. Es pura patraña, por magníficas que suenen las palabras.

Nosotros somos libres de derecho, no de hecho. Así, pues, por libertad entiendo la libertad espiritual, no sólo el hecho de poder ir a nuestro antojo por la derecha o por la izquierda. Pues bien, conquistar o no tal clase de libertad depende de la disciplina, pero de una disciplina rigurosa y sincera, que implica una lucha constante, observada día tras día contra los lazos externos y sobre todo internos, y un constante esfuerzo por vencerse a sí mismo.

¡No hay que dejarse vencer por el desánimo!

Para corregirse a sí mismo es necesaria una disciplina rigurosa y sincera, que implica una lucha constante, observada día tras día contra los lazos externos y sobre todo internos, y un constante esfuerzo por vencerse a sí mismo.

Pero no debemos proponernos hacer demasiadas cosas; bastan unas pocas, tal vez una sola.

Por ejemplo, basta proponerse trabajar concienzudamente y dedicar toda la atención al logro de este fin. Mejorando en este campo determinado, las consecuencias se reflejarán también en todos los demás, porque el hombre es un todo viviente. Acaso sea de más eficacia concretar aún más: “prepararé esmeradamente mis trabajos de clase o mis labores domésticas”. Tenemos que buscar algo totalmente claro y preciso.Por la noche examinarnos cómo nos hemos portado (examen de conciencia). Por la mañana renovar el propósito. Y todo esto practicarlo por un cierto tiempo, hasta notar que ha echado firmes raíces en el alma. Entonces ya podremos emprender otra cosa. Los propósitos pierden intensidad con el tiempo; se acostumbra uno a ellos.

Es, pues, necesario de cuándo en cuándo hacer uno nuevo, refrescando de este modo el empuje y el entusiasmo. Ésta es la verdadera disciplina: luchar con heroísmo y renovarse constantemente.

Prepárate desde el principio para una lucha larga. Las menudencias pueden superarse pronto, pero las faltas verdaderas se asientan tan profundamente en el meollo del hombre, que se requieren años para terminar con ellas.

Incluso puede suceder que al principio de la lucha empeoren las cosas. Mientras todo se deja marchar libremente, no se siente nada especial: no advertimos de modo especial la gravedad de la situación.

Pero en cuanto nos decidimos a ocuparnos decididamente en el alma, todo se pone en movimiento. La atención y la lucha contra un defecto concreto hacen que irrumpa con toda su fuerza.

Se trata entonces de no titubear ni desconcertarse, sino de perseverar

Quisiera llamar especialmente la atención sobre un punto: puede suceder que no se progrese nada: siempre los mismos errores, de suerte que llega a decaer el ánimo. Pero hay que conocer la naturaleza humana. Quizá no se advierta progreso especial en el punto escogido, pero se dará en otro.

Puede ocurrir, por ejemplo, que uno combata largo tiempo la ira sin acabar con ella; pero, sin notarlo él, se habrá hecho más bondadoso con los demás. Justamente el hecho de que ha tenido que luchar tan duramente y ha sentido tan profundamente su debilidad, le ha llevado a ese resultado. Otro se afana por ser más ordenado y esmerarse más en el trabajo, y falla siempre. Pues bien, a pesar de todo, aún sin él advertirlo, dominará con mayor facilidad una pasión. La lucha constante que ha sostenido para llegar a ser ordenado, le ha dado fuerza, y así ya no se deja arrastrar más por el instinto.

* Adaptado de “La Regla de Vida” -Complemento al Tema de Estudio del período 2013-2014 de la Superregión España. Agosto de 2013.