“El desarrollo espiritual se traduce en gestos, en obras, para que nuestra fe no se limite a un hecho íntimo, casi a una relación sentimental entre nosotros y Dios.

En la ‘Regla de vida’ de una persona casada no debe perderse de vista el hecho de que este camino se hace en pareja, y que es hermoso caminar juntos en la medida de lo posible.

Habitualmente, cuando cumplimos el Deber de sentarnos, hacemos balance de nuestra vida de pareja y de familia, vemos cómo hemos recorrido el mes examinando nuestra relación personal, conyugal y familiar con Dios, nuestras relaciones interpersonales en pareja y en familia; y después, nuestra inserción en la sociedad y en la comunidad eclesial, nuestro compromiso de testimonio cristiano.

Tras este Deber de sentarnos resulta útil poner por escrito lo que cada uno de nosotros quiere proponerse para el siguiente mes en la llamada ‘Regla de vida’. Podremos por ejemplo:

• Fijar los momentos, eventualmente el lugar y la forma de la oración que vamos a hacer cada día: un programa que no sea demasiado ambicioso sino, por el contrario, que sea ciertamente posible llevar a cabo con un poco de buena voluntad. El cónyuge y el confesor podrán ayudarnos a buscar la forma más idónea de orar.

• Comprometernos a corregir un defecto (uno cada vez) o mejorar un aspecto de nuestro carácter, preferiblemente decidiendo con el cónyuge la modalidad del propósito.

• Prestar más atención a los otros y a sus deseos, concretando esta atención en algo práctico, que puede ser, por ejemplo, una mayor manifestación de afecto, el respeto de los horarios, un mayor diálogo con el anciano que en familia tiende a aislarse.

• Programar una jornada con horarios no demasiado estrictos, de suerte que quede espacio para imprevistos y para vencer la tentación de buscar eficacia por encima de todo: no dejarse dominar por el ansia cotidiana.

• Fijar los compromisos semanales o mensuales de participación en la vida eclesial y de servicio social.

No es fácil establecer una regla. Pero si invocamos al Espíritu, no nos faltará ciertamente su consejo y su iluminación.

‘El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables’ (Rom 8:26); basta con que nos pongamos en actitud de escucha. Y si antes de cumplir el Deber de sentarnos, se lo pedimos, Él estará con nosotros, será la tercera persona presente que nos ayudará e iluminará.

Tal vez es precisamente por esto por lo que debemos ahondar profundamente en cada uno de nosotros que, inconscientemente, dejamos a un lado ésta ‘Regla de vida’. Precisamente aquí, en este mundo interior, es donde nos encontramos cara a cara con el Señor, sin velos, directamente; donde nuestros límites no sólo pueden captar la dimensión de los obstáculos sino convertirse en puentes tendidos hacia el infinito, hacia Dios.

He aquí entonces una doble dificultad para ponerla en práctica: la capacidad de mirar dentro de uno mismo y el encuentro sincero con el Señor.

Una vez más, el silencio, la capacidad de detenerse, el deseo de aislarse por un breve período de tiempo, se convierten en instrumentos indispensables para poder intentar este viaje interior.

No todo se realiza en un instante, sino poco a poco, como en busca de una nueva tierra, a veces todavía virgen, a veces parcialmente conocida... Atención: precisamente aquí está el gran obstáculo, el miedo a no ser capaces de conseguir en nosotros aquellos cambios que no tendrían otras excusas que nuestra incapacidad.

Ahora bien: esto no debe considerarse como un drama o una situación paralizante; será necesario caer en la cuenta de que podemos apoyarnos en una ‘piedra’ que otros constructores han desechado, para que llegue a ser ‘piedra angular’ dentro de nosotros. 

Carta END n. 55. SR Italia

Queridísimos amigos: entre los puntos concretos de esfuerzo hay uno que muy frecuentemente se deja a un lado o se utiliza mal porque no entendemos bien su esencia y su finalidad. Nos referimos a la “Regla de vida”.

Si hacemos referencia a la Carta, encontramos esta definición: “La ‘Regla de vida’ (por supuesto, cada uno de los esposos tiene que tener la suya propia) no es otra cosa que planificar los esfuerzos que cada uno quiere imponerse para responder mejor a la voluntad de Dios sobre él”.

Indudablemente, nos será útil analizar los diversos elementos de esta definición, para intentar comprender mejor su sentido y profundizar en lo que implica.

• Responder mejor a la voluntad de Dios. He ahí el fin único de nuestra vida.

Decir “responder” significa hablar de una propuesta recibida. En efecto, no olvidemos que Dios tiene siempre la iniciativa y que, por tanto, la “Regla de vida” es ante todo una respuesta, una respuesta para amar mejor, para amar más. Por consiguiente, la “Regla de vida” se presenta como un medio para que “lo mejor” esté en el horizonte de nuestra vida.

• Que cada uno quiere “imponerse”.

Recordemos ante todo que la Regla de vida es personal, que puede no ser comunicada al propio cónyuge, si bien en ciertos momentos de nuestra vida de pareja puede ser conveniente y hasta necesario tener una común.

Quiere imponerse: proponerse una Regla de vida es una decisión, un acto libre. Nuestras vidas están hechas de grandes decisiones y de pequeñas decisiones. Nos construimos mediante nuestras decisiones; y si tenemos la voluntad de amar cada vez más, nuestra decisión debe ser asumida, no acatada, y realizada en el paso del tiempo.

La Regla de vida no es un buen propósito que se hace y se abandona pronto: en el amor no hay pausa, y el único medio que tenemos para avanzar en el amor, es no dejar nunca de tender a él: ¡se alcanza no dejando nunca de comprometerse!

Planificar los esfuerzos.

En una carta a los nuevos equipos del año 1971 puede leerse: “Lo que hay que encontrar ante todo es la orientación general de la propia “Regla de vida” que en un segundo momento se concretará en los puntos de aplicación”.

El Padre Varillon, jesuita francés que predicó muchos retiros, dice casi lo mismo: más que una decisión práctica, es una orientación profunda. La elección de la Regla de vida es, pues, más seria de lo que parece a primera vista.

Encontrar la orientación profunda de la propia Regla de vida tiene en cuenta varios supuestos previos:

         Ante todo, es una cuestión de discernimiento ligada a nuestra psicología, a un profundo conocimiento de nosotros mismos; por consiguiente, es preciso tomar el tiempo necesario para conocerse en profundidad, reflexionar, analizar nuestra situación en toda circunstancia;

         También es preciso orar para comprender en qué sentido Dios quiere que evolucionemos: “¡Hagan todo lo que él les diga!” (Gen 41,55; Jn 2,5); tenemos riquezas y talentos: es voluntad de Dios que prefiramos lo positivo a lo negativo: sólo después de haber aclarado lo positivo podemos aclarar lo negativo, es decir el “vino que falta” (Jn 2,3).

Por consiguiente, cuando hayamos escogido esta orientación profunda de nuestra Regla de vida, podremos establecer “el punto exacto en el que centraremos nuestro esfuerzo”, y responder así a la invitación de María en Caná: “Llenen de agua las tinajas!” (Jn 2,6)

No se trata aquí de enumerar los ejemplos de Regla de vida: “se podrían llenar páginas con aquello de lo que tenemos que liberarnos, con aquello de lo que tenemos que alimentarnos, con aquello en lo que debemos ejercitarnos”.

La elección de la Regla de vida es una cuestión de proporciones. San Ignacio, por otro lado tan exigente, escribió máximas de suma prudencia. Dice: “No tienen que forzar demasiado a su caballo en las primeras etapas; si lo fuerzan demasiado, lo reventarán, y no querrá seguir adelante”. Y añade: “No hay que cargar demasiado la barca: acabará hundiéndose”.

Por tanto, es necesario que nuestras decisiones sean proporcionales a lo que podemos pretender de nosotros mismos en el momento preciso. Lo que de suyo es lo mejor, no es necesariamente lo mejor para mí ahora. ¡El criterio para una buena elección es la paz y el gozo!

Pero, una vez más: nunca hay que perder de vista el fin que se persigue: la búsqueda del verdadero amor, la búsqueda de la santidad. Ya en el siglo XVII decía Fenelón que cien veces se preferiría hacer por Dios algunos grandes sacrificios, pero la gracia del verdadero amor se alimenta con la fidelidad en las cosas pequeñas.

Así, pues, el compromiso que requiere la “Regla de vida” es una pequeña cosa que se repite en cada momento, que pone continuamente a prueba nuestro orgullo, nuestra pereza, nuestra vehemencia, etc. Se trata de ejercitarse en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias, como los sirvientes de las Bodas de Caná.

Benoit e Marie Odile Touzard Mont Saint-Again – France

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* Adaptado de “La Regla de Vida” -Complemento al Tema de Estudio del período 2013-2014 de la Superregión España. Agosto de 2013.