No es indiferente el modo con el que llamamos a las distintas realidades. Hay detrás toda una cosmovisión de las cosas, que empieza sencillamente por la manera de nombrarlas. A través de su historia larga, la Iglesia ha sido denominada de diferentes maneras: pueblo de Dios, asamblea de fieles, comunidad de creyentes, cuerpo místico de Cristo, esposa del Señor, y tantas otras más.

No somos una ONG, ni una multinacional religiosa, ni una empresa de servicios, sencillamente somos la Iglesia que fundó el Señor.

Amar es dar y dar es amar. Es la vieja fórmula de la comunidad cristiana desde la que se construye la Iglesia del Señor. Recordemos así qué es la Iglesia particular. En primer lugar, aquí y ahora somos la concreción de la Iglesia Católica, que preside en la caridad el sucesor de Pedro.... Expresamos nuestra comunión con las demás Iglesias particulares esparcidas por el mundo, al recitar el credo en la misa de cada domingo, confesando así esa misma fe que nos une y que relata los grandes momentos de una historia de salvación a la que todos pertenecemos.

Esa pertenencia universal cobra rostro en nuestra tierra y en nuestro tiempo, al hablar de la Diócesis. Presidida por un obispo, como sucesor de los Apóstoles, una Diócesis se estructura en las distintas parroquias que la componen, y éstas van formando los diferentes arciprestazgos.

Si esta es la "geografía" diocesana, hay que decir que somos las personas, los hijos de Dios, quienes con nuestra vocación damos alma a esta comunidad.

Las vocaciones básicas que tenemos los cristianos, corresponden a esa triple manera de concretar nuestro bautismo, desde la llamada que hemos recibido de parte del Señor para construir su Iglesia y llegar a la santidad: los sacerdotes, los religiosos y los laicos.

La comunión eclesial responde a la justa relación, verdaderamente corresponsable, de estas tres vocaciones. Sin trasvase de unas a otras, sin indiferencia ni confusión, sino una comunión eclesial con el cometido y la responsabilidad que le corresponde a cada una de ellas.

Finalmente, los tres grandes aspectos a los que nuestra vida diocesana y vocacional debe estar atenta:

  • En primer lugar, la oración –la litúrgica, la sacramental y la personal: orar al Señor, ofrecerle los días y darle gracias; celebrar los sacramentos –muy particularmente, por más cotidianos, la Eucaristía y la Confesión; sabernos acompañados por su mirada providente y la intercesión de María y de nuestros Santos.
  • En segundo lugar, la formación. Ahí entra la catequesis para los niños, jóvenes y también para los adultos. La ignorancia en nuestra formación cristiana, tiene tremendas consecuencias cuando nos encuentra desarmados de razones ante un mundo que, a veces, es hostil a nuestra fe y tan fácilmente nos confunde y manipula.
  • Y, en tercer lugar, el testimonio de la caridad y la justicia; porque debemos anunciar de tantos modos, como una Buena Noticia salvadora, la fe que profesamos cuando oramos y la mentalidad que constituye nuestra manera cristiana y eclesial de ver las cosas.

 

La caridad, en todas sus formas, es el supremo testimonio que podemos dar los creyentes en un Dios Amor.

Así hemos de tomar conciencia de nuestra identidad, para saber quiénes y con quiénes somos, desde Quién y para qué. Iglesia diocesana que presta a Dios sus manos, sus labios y su corazón, para que aquí y ahora se siga escuchando y vislumbrando la presencia del Señor, que abraza a nuestra humanidad.

Fuente: Zenit.org.- Oviedo, sábado, 8 de mayo de 2010. Mensaje de monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y Jaca.  

Nota del Equipo Web: las itálicas en textos que no están entre comillas, son nuestras.