“El sacramento del matrimonio, que consagra la relación entre hombre y mujer en su forma conyugal y la revela como signo de la relación de Cristo con su Iglesia, contiene una enseñanza de gran importancia para la vida de la Iglesia. Esta enseñanza debe llegar por medio de la Iglesia al mundo de hoy; todas las relaciones entre el hombre y la mujer han de inspirarse en este espíritu. La iglesia debe utilizar esta riqueza todavía más plenamente”. (Christifidelis Laici, 52)

La espiritualidad conyugal

El amor a Dios y el amor conyugal provienen de la misma fuente, participan de un mismo Amor. Es impresionante pensar que cada uno de nosotros descubre mejor lo que es el amor de Dios gracias a las actitudes de amor que el otro tiene para con él. Claro que el amor de Dios sobrepasa nuestro amor de pareja. Y eso hace que siempre quede un pequeño vacío, un anhelo de más, en lo más profundo de nuestra relación conyugal. Ese vacío no es culpa del otro. Sólo el encuentro definitivo con el Amor total colmará esta hambre insaciable de amor que, inevitablemente, y por mucho que nos quieran, todos arrastramos.

Por otra parte, en el momento de nuestra boda sacramental, decidimos recorrer juntos un camino “que nos convirtiese en sacramento, en signo del amor de Dios el uno para el otro, y los dos para nuestros hijos y para los demás” (Manuel Iceta s.m). Quizás no lo decidimos del todo conscientemente, es posible que hubiera mucha ingenuidad por nuestra parte, pero también había mucha generosidad. Esa actitud inicial de confianza la tenemos que desarrollar. Es como el que tiene un cofre con un tesoro del que puede ir sacando cosas maravillosas a lo largo de la vida, pero si no es consciente de tenerlo o si no quiere hacer el esfuerzo de abrirlo, puede no llegar a descubrir ese tesoro nunca.

La espiritualidad conyugal que descubrimos en los Equipos es, pues, el sentido que le damos a nuestra vida diaria, la orientación con que vivimos los acontecimientos que se nos presentan, las opciones que tomamos, es decir el proyecto común de vida que construimos juntos. Como pareja cristiana vamos contrastando ese proyecto con lo que nos dice y sugiere la Palabra de Dios. Esa Palabra nos ayuda a moldear y a purificar nuestro proyecto, para acomodarlo cada vez más a la voluntad de Dios.

En segundo, lugar la espiritualidad conyugal nos empuja a buscar la verdad sobre nosotros mismos y sobre el otro. El hecho de haber hablado mucho de novios no significa que ya vivimos en la verdad para siempre y que ya nos conocemos totalmente. La búsqueda de la verdad es un esfuerzo de toda la vida porque cambiamos y nuestra relación cambia también a lo largo de los años. El otro es un punto de referencia inestimable para nosotros, es a veces el interpelador que desenmascara tantas autojustificaciones, es siempre el compañero en esa búsqueda compartida por conocernos más, por comprendernos mejor, por acercarnos juntos a la Verdad.

La espiritualidad conyugal nos conduce finalmente a una mayor comunión, a un encuentro siempre renovado entre nosotros, hecho a partes iguales de esfuerzo y creatividad. El amor no es solamente un sentimiento. Es también adhesión de la voluntad profunda. A veces no sentimos que amamos, pero sabemos que amamos y, sobre todo, queremos amar. Queremos que nuestro amor dure, queremos sobrepasar las crisis, queremos ser fieles, queremos vivir nuestra sexualidad en la calidad de un encuentro entre personas y no en la insatisfacción o en la rutina. La espiritualidad conyugal se encarna también en todas las sencillas y diarias relaciones que se establecen entre nosotros, por el hecho de ser hombre y mujer. “la espiritualidad conyugal recibe su especificidad del carácter sexual del sacramento del matrimonio” (El Segundo Aliento).

La espiritualidad conyugal no es pues algo ajeno a la vida sino la misma vida con un nuevo enfoque. Ese enfoque nos conduce a buscar juntos la voluntad de Dios, la verdad y la comunión. Dicho así asusta un poco. Pero a todo se llega por pasos sucesivos; lo importante es que el objetivo esté claro y la pedagogía sea la adecuada. Las orientaciones que cada seis años propone el Movimiento, por ejemplo, nos van señalando actitudes sucesivas para la asimilación concreta de esa espiritualidad.

Todas las espiritualidades que existen en la Iglesia tienen en último término el mismo objetivo: vivir según el Espíritu de Cristo. La especificidad de cada espiritualidad reside en la fuerza particular con que subraya tal o cual aspecto, tal o cual actitud, y sobre todo en la pedagogía, en los métodos que utiliza. Hay una relación estrecha entre espiritualidad y pedagogía. Según la pedagogía que se elige, se crea un tipo de espiritualidad diferente. No se obtiene el mismo tipo de espiritualidad con una pedagogía individualista que con una comunitaria, inductiva o deductiva, orientada a la comunicación o a la interiorización, etc.

La espiritualidad conyugal tiene una pedagogía basada en la comunicación, la oración, el perdón y la celebración. Esa pedagogía ha sido descubierta por los Equipos y traducida a propuestas muy concretas: oración personal, oración conyugal, diálogo, escucha de la palabra, regla de vida, ejercicios espirituales en pareja.

Por muy convencidos que estemos racionalmente sobre la importancia de la espiritualidad conyugal, no la encarnaremos en nuestra vida de pareja si no utilizamos asiduamente estas propuestas concretas. Sin método nos perderemos en vaguedades o todo se quedará en declaración de buenas intenciones.

Ejercitarnos en una pedagogía conyugal, comprendiendo bien la intención profunda de cada método, nos hará crecer como pareja. No vamos a hablar aquí de cada uno de esos puntos concretos de esfuerzo sino únicamente de esa pedagogía de fondo que subyace a todos ellos:

·        La comunicación: Hablamos fácilmente sobre lo que hacemos, más difícilmente sobre lo que pensamos, raramente de lo que sentimos. Aprender a escuchar y a dialogar es un arte que exige de nosotros un compromiso serio, asiduidad, seguir ciertas reglas etc. Nos exige también revestirnos de otro espíritu y comenzar nuestros “diálogos” dándonos cuenta de que, incluso aunque no lo invoquemos, el Señor está presente entre nosotros, que Él nos ayuda a descubrir eso que habíamos guardado en lo más profundo del corazón, que nos da fuerzas para no dejar que se pudra en el resentimiento y en el silencio lo que nos causa daño; que nos da también la ternura para mantener un diálogo en el que no falten las “caricias”: una mirada llena de admiración o de amor por el otro, palabras que digan todo lo que descubrimos de bueno en nuestra relación de pareja.

Esa misma comunicación nos prepara para acercarnos mejor al tema de la oración, porque la oración es también un diálogo de persona a persona con Cristo. Más importante aún que el hecho de que hablemos nosotros, es que acojamos y escuchemos las palabras de Aquel que nos quiere y que nos busca.

·        La oración conyugal no es tanto meditar sobre temas elevados o leer magníficos textos espirituales sino sobre todo dirigirnos juntos a Dios y reflexionar juntos ante Él sobre las cuestiones más importantes de nuestra vida y de nuestro amor.

·        En cuanto al perdón no constituye uno de los métodos de los Equipos de Nuestra Señora pero todos los otros nos preparan y nos acercan a recurrir a él.

Heridos por las heridas de la vida, por el mal que hacemos y que no querríamos hacer, heridos por las inevitables crisis de crecimiento de nuestro amor... tenemos que aprender a perdonar y a pedir perdón. Recurrir al perdón es también “decir lo bueno”. Tantas veces nos decimos lo malo, que conviene de vez en cuando compensar... El sacramento de la reconciliación tiene hoy poco éxito. Sin embargo nuestra Iglesia católica conoce bien la naturaleza humana. ¿Por qué no recurrir a esa certeza total de sentirnos perdonados que el sacerdote nos asegura de la parte de Dios?

Los Equipos, al marcar tiempos concretos para el diálogo, la oración, los ejercicios, etc., nos señalan lo importante que es la celebración. Celebrar es recordar; palabras, momentos, días, acontecimientos, lugares. Nos olvidamos de recordar todo lo que el otro ha hecho por nosotros y todo lo que nos ha querido.

Cuantas veces ha desbloqueado situaciones de alejamiento el recordar juntos momentos de unión. Celebrar es también encontrarnos con una mayor intensidad para compensar la vida diaria que nos empuja a llevar actividades paralelas, proponernos una conversación, una salida, una cita, un paseo, un pequeño viaje.

Dar razón a otras parejas

“A pesar de nuestra pobreza y de nuestras pasividades... Dios nos ha escogido y nos ha colocado entre los hombres para ser la presencia viva de su amor. Todo cristiano es un elegido, un escogido para dar testimonio de una misión. Por el bautismo el cristiano se transforma en un enviado para hacer presente la salvación entre los hombres. Mas por el sacramento del matrimonio, las parejas cristianas penetran más profundamente en el tejido de la existencia. Son semilla de transformación, punto de referencia del encuentro de los hombres con el Absoluto, pues Dios las ha escogido para ser su imagen en el largo camino de la búsqueda común de respuestas a sus nostalgias” (Cristóbal Sarrias S.J.)

No se trata tanto de difundir los Equipos para que crezcan, ni de “dar la paliza” moral o teológica sobre el matrimonio cristiano a tiempo y a destiempo, sino de dar razón de lo que vivimos gracias a los Equipos. De hacer ver que, a pesar de nuestras debilidades y flaquezas, retrocesos y caídas, para nosotros como pareja la espiritualidad conyugal ha sido fundamentalmente eso: una buena noticia, porque nos ha unido más, nos ha hecho más felices, más conscientes de nuestra fe, más cercanos a los demás. Como dice la Carta Fundacional, nuestro amor conyugal puede ser “un testimonio para los hombres dando pruebas evidentes de que Cristo ha salvado el amor”.

No podemos dar razón a otras parejas con las mismas palabras que tantas veces se utilizan en documentos y textos clericales. Esas palabras y esos argumentos nos dan seguridad pero no convencen ni atraen. Para cuantas parejas jóvenes y no tan jóvenes suenan al mismo “rollo de siempre”...

Nada sustituye la propia reflexión sobre lo que hemos descubierto, aprendido, vivido, evitado, sufrido, encontrado. Nada convence tanto como la propia expresión, personal, libre, realizada con sinceridad, con autenticidad. Cuando una pareja se comparte a sí misma y da razón de lo que vive, está invitando a otros a compartirlo.

No podemos quedarnos contentos con lo que hemos recibido desde que estamos en los Equipos y pensar que con mejorar nosotros, con ir avanzando como pareja ya hacemos bastante. La gran ley de la vida espiritual es que no se recibe más que para dar y se recibe en la medida en que se da. No nos engañemos. La posibilidad de guardar lo que hemos descubierto, lo que hemos recibido en los Equipos, no existe. O lo compartimos de alguna manera o lo perdemos. Sólo compartiéndolo seguirá siendo para nosotros fuente de vida.

Si alguien antes, alguna otra pareja, no hubiera hecho lo mismo con nosotros, nunca hubiéramos descubierto los Equipos, ni la espiritualidad conyugal ni la pedagogía que nos ayuda a crecer como pareja. ¿Podemos quedarnos tranquilos cuando puede haber tantas parejas cerca de nosotros que buscan lo que nosotros estamos viviendo, tantas parejas a las que nadie dará razón si no lo hacemos nosotros?

Nota del Equipo Web: Las itálicas en textos que no están entre paréntesis son nuestras.