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El Matrimonio Cristiano

El Matrimonio Cristiano

 

Adaptado de artículo del P. Joaquín Sangrán, S.J., Consiliario ENS

 

Nunca se usó tan mal la palabra "matrimonio" como en la actualidad, al aplicarla o pretender aplicarla a todo tipo de unión entre dos personas adultas. Aunque es verdad que en otras épocas decadentes también se dio una Carta de posibilidades matrimoniales, a elegir según los gustos: recordemos el siglo V cuando la caída definitiva del Imperio Romano o el XVI, cuando el Renacimiento, o el XVIII, cuando el espíritu de la Revolución Francesa lo contagió todo.

 

En la sociedad actual el tema tiene cierto parecido a la Carta o Menú de los restaurantes, donde aparecen platos para todos los gustos: 

 

- "Matrimonio" como contrato civil legalizado.

- "Matrimonio" válido entre dos hombres.

- "Matrimonio" igual de válido entre dos mujeres.

- "Matrimonio" entre hombre y mujer por conveniencia.

- "Matrimonio" por un tiempo a determinar según vaivenes.

- "Matrimonio" entre hombre y mujer porque les dé la gana.

- Matrimonio entre hombre y mujer, a perpetuidad, libre y sacramentalmente unidos, en un amor fiel, etc.

 

En estos momentos en que la tendencia más bien va por la línea de la mezcolanza favorecedora de los tonos grises y de falta de perfiles claros, conviene volver a precisar qué es matrimonio y qué es matrimonio cristiano.

 

El matrimonio cristiano

 

El matrimonio cristiano jamás se puede reducir a un expediente o a un trámite legalizado, que la sociedad exige para su validez y reconocimiento público. No es tampoco un contrato civil rescindible siempre por ambas partes: un contrato con valor jurídico, cierto, pero en el que sólo se busquen ventajas legales o sociales.

 

Tampoco lo son las uniones entre homosexuales, por no ser conformes a la naturaleza de los sexos y por su incapacidad total para la procreación.

 

El matrimonio tal como lo entiende el cristianismo, es: una entrega recíproca y una acogida definitiva entre un hombre y una mujer, por amor. Supone, además: haber puesto a Jesucristo como fundamento, dándole un sentido a su futura vida de pareja.

 

Por su misma naturaleza pide dos cosas: una entrega irrevocable ya, y un amor abierto a la fecundidad, paralelo al que existe entre Cristo y la Iglesia. Se trata de un sacramento, que crea en los contrayentes un nuevo estado de vida: el de casados en toda circunstancia. Así se declara en la fórmula del Ritual: "... en la riqueza o la pobreza; en la salud y en la enfermedad; todos los días de la vida".

 

No se trata, pues, de un simple contrato legal pero rescindible siempre. No se trata de subirse al tren hasta el próximo apeadero. A eso más que llamarlo matrimonio, habría que llamarlo emparejamiento legal, o personas legalmente emparejadas.

 

Por tratarse de un sacramento, que causa estado de vida, es un signo visible de la acción de Dios sobre los contrayentes. Ratificadora del amor humano entre ellos y coadyuvante de su proyecto de futuro: una garantía y un carisma de Dios para ellos. Es lo operativo del amor de Dios, transformador de la pareja que, en definitiva, los irá forjando. Es un amor incondicional, que no depende de la coyuntura eventual o pasajera; es un amor santificador, que los va llevando día a día, por su propio camino hacia Él. Es una verdadera vocación.

 

El matrimonio cristiano es una vocación

 

Vocación es toda elección y llamada de Dios a alguien para algo: para una misión que Él mismo le encomienda. En el caso del matrimonio cristiano, para que sea testigo suyo y del amor en este mundo; donde tantas veces se confunde amor con atractivo o pasión sexual. Ha de ser un signo profético del amor auténtico. Vocación, además, a ser prolongadores de la acción creadora de Dios, dando vida a unos hijos. Vocación así mismo, a ser creadores y promotores de Iglesia: su Iglesia doméstica; una comunidad de fe y de amor mutuo. Vocación, finalmente, a ser revitalizadores del tejido social. Una nueva célula viva en la sociedad.

 

Qué presupone el matrimonio cristiano

 

Dicho todo lo anterior, el matrimonio Cristiano presupone como base primaria, la fe en su doble proyección: en Dios para desde su palabra entender el valor del sacramento recibido y sus consecuencias para la vida de los esposos, y la fe del uno en el otro, como sustento indispensable de su amor recíproco y como altar desde donde ofrecer con toda generosidad a Dios, sus vidas y las de sus hijos.

 

Presupone la consolidación progresiva del amor entre ambos en las diversas circunstancias de sus vidas: favorables o adversas, como ellos mismos lo expresaron al celebrar el sacramento de forma explícita. Esto significa y equivale a una evolución progresiva en el día a día; porque el matrimonio cristiano no está concluido con la boda. Esta es el punto inicial desde el que se parte; porque el matrimonio es tarea que se va haciendo progresivamente, hasta la consolidación definitiva del paso de dos yos yuxtapuestos, a un nosotros permanente, signo fehaciente de un amor maduro: el que San Pablo describe a los de Corinto. en lo que llamaríamos los rasgos del amor definitivamente maduro (1 Cor. 13).

 

Este proceso presupone la existencia previa de un proyecto de vida en común de los esposos, consistente en la solidaridad entre ambos -de corte evangélico- y una apertura recíproca y plena mientras caminan juntos por el empedrado de las realidades diarias.

 

Finalmente, conviene tener en cuenta siempre, que estos presupuestos sólo se pueden programar desde esta actitud fundamental: la de la esperanza más sólida en su futuro, ayudados de Dios.

 

En qué desemboca esta vocación

 

Si a todos los bautizados Cristo los llama a hacerse receptivos a su amor y ser testigos de Él, a los casados sacramentalmente los llama a encontrar y vivir a Dios con ellos en su amor conyugal. Y a transformar su amor humano en una imagen del amor divino para otros.

 

Puede parecer a alguno que esto es una utopía, pero no lo es porque la pareja cristiana lleva consigo la marca indeleble del sacramento, signo manifiesto entre su amor recíproco y la gracia que en todo le asiste, de un Dios que los ha confirmado en su amor.

 

Pues bien, esta conjunción real de ambos amores la conocemos y llamamos "espiritualidad conyugal", donde el empeño humano del amor de ambos, se une al empeño divino, que lo transforma en fuente de santificación para ambos. La espiritualidad conyugal es la desembocadura en donde se encuentran ambos torrentes: el del amor entre ellos y el del amor de Dios a ambos: ¡Casados en el Señor!.

 

La espiritualidad conyugal

 

Ante todo hemos de advertir que nunca se confunda con el espiritualismo o la beatería de esposos devotos y rezanderos. La espiritualidad conyugal nace y se apoya de forma creciente, en el deseo sincero de ambos de conocer y llevar a cabo la voluntad de Dios en sus vidas; en cualquiera de sus circunstancias reales. Su origen es el deseo común de amar más efectivamente a Dios y de servirle con mayor fidelidad en todo. Es aquel "más amar y servir a Dios Nuestro Señor", que indicaba San Ignacio de Loyola como ideal de vida cristiana.

 

Porque el amor divino también se expresa a través del amor humano, estará presente en la vida diaria de los cónyuges siempre que las relaciones del uno con el otro estén llenas de atención, cuidado, protección, fidelidad, comprensión, respeto mutuo y armonía de corazones. Porque así es también el amor de Dios para nosotros. Se dará pues, una espiritualidad conyugal auténtica, siempre que las diversas actividades de los cónyuges estén impregnadas de amor, sin mezcla de otros intereses. Su espiritualidad entonces, será plenamente dinámica y les ayudará a ir creciendo y madurando como matrimonio cristiano.

 

Esto puede que no resulte fácil a la pareja y hasta que argumenten que les resulta difícil vivir las exigencias que el amor tiene, recordando de nuevo a San Pablo en (1 Cor. 13). Pero todas esas metas son posibles desde un amor tierno y verdadero.

 

Es verdad que de hecho se cometen errores y hasta se causan verdaderas heridas por incomprensiones o situaciones temperamentales; pero tras ellas siempre hay que volver al terreno real del amor que se tienen el uno al otro, y desde allí comenzar de nuevo para continuar adelante juntos.

 

Es precisamente en esos momentos de buena voluntad, de perdón y de cariño, cuando los esposos encuentran más a Cristo y practican con mayor delicadeza, su espiritualidad conyugal. Se trata de una etapa de crecimiento para ambos y de un mayor grado de su unión con Cristo.

 

Unidos en nombre de Cristo

 

Un matrimonio cristiano es mucho más que una simple pareja humana, porque en medio de ellos está Cristo, su Espíritu está alimentando la fe de ambos y aumentando el amor que los une: "Donde dos o más estén unidos en mi nombre allí estoy en medio de ellos" (Mt. 18,20). Por eso el matrimonio cristiano supone o pide la práctica de la ayuda mutua, porque secunda  la acción de la gracia sacramental que han recibido. Es una manera importante de cooperación con ella.

 

El amor de la pareja aumentará a lo largo de las etapas de sus vidas, si la ayuda mutua es una realidad cotidiana entre ellos. Es la mejor manera de crecer ambos, de sacar provecho aun de las diferencias que existan entre ambos, y de aunar los aspectos complementarios de los dos.

 

También es una ayuda eficaz para los esposos que quieren hacer el camino del Reino de Dios, el conocimiento, la comprensión y la puesta en práctica de la palabra de Dios. Esta ayuda mutua se complementa además a través de la oración.

 

La oración en común de los esposos es un elemento primordial en el planteamiento cristiano del matrimonio. Además y según Cristo, siempre será escuchada por el Padre: "Os lo digo otra vez: si aquí en la tierra dos de vosotros se ponen de acuerdo, cualquier asunto por el que pidan, les resultará por obra de mi Padre del cielo; pues donde estén dos o tres reunidos apelando a mí, allí en medio de ellos estoy Yo" (Mt. 18, 19-20). La ayuda mutua por la oración en común, resulta indispensable para el progreso de los esposos en su fe.

 

La ayuda mutua en cualquier etapa de la vida

 

Las necesidades y las aspiraciones de la pareja serán diferentes según los tiempos y las edades. Por eso la ayuda mutua siendo siempre esencial, será diferente en sus modalidades según la etapa que estén viviendo cada vez.

 

Durante los primeros años de casados, será ayudarse ambos a creer en su nueva vida en común; no en el yo y en el tú, sino en el nosotros, para todos los efectos. Esto pide mucha ayuda, soporte, acogida y calor afectivo, por ser para ambos una experiencia nueva que se va estrenando día a día.

 

Años más tarde, la misma vida puede que ponga a prueba el ideal del amor: problemas profesionales, inseguridad en el empleo, tensiones fuera y dentro del hogar, apuros económicos, etc. La ayuda mutua se concretará, entonces, en el hablar: en el diálogo de buena voluntad entre ambos, en el intercambio de puntos de vista tratando de coincidir, en la comprensión mutua, en la calma, en los desahogos sinceros, en el pensar juntos en positivo, en el corroborar la existencia del amor entre ambos (te amaré en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la desdicha, en la riqueza y en la pobreza .... todos los días de mi vida, prometidos en la boda).

 

Todo esto entró en el programa ya desde el principio. En el atardecer de la vida, la mejor ayuda mutua será el esfuerzo por parte de ambos en el retorno hacia la relación de dos a solas otra vez. Es momento para profundizar en la vida cristiana, que no sólo los va a sostener, sino incluso a enriquecer sus últimos años compartidos juntos, como el remanso de un río antes de desembocar en el mar. Lograr hacerse uno en lo que Dios unió hace tantos años, por la fuerza de su fe y de su amor recíproco. En el libro de los Hechos se nos dice que "los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma" (Hech. 4, 32). A tener una sola alma, lleva la paz que nació de muchos años de fe y de amor vividos juntos.

 

"La vida es el copo de nieve en ustedes que corre hacia el vasto mar", decía Khalil Gibrán el poeta. El tiempo y la edad derretirán la nieve de ese blanco copo y el río se llevará su secreto de amor hasta el ancho mar de lo eterno.

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