Intercesores

El padre Henry Caffarel, fundador del movimiento católico "Equipos de Nuestra Señora", en el año 1960 hizo un llamado a las parejas abogando por la oración y la intercesión de los Equipos: Esta cadena se ha extendido, además de los matrimonios, a cualquier persona laico, sacerdote o monja que quiera interceder por las necesidades, de aquellos que nos piden oración.

Los invitamos a visitar nuestras subsecciones: Ser intercesor: conocerá más sobre qué somos y cómo ser parte. Aprendamos a Orar: Del libro "Presencia en Dios. Cien Cartas de Oración". Valiosas herramientas que nos enseñarán a orar a la manera del Padre Caffarel, autor y nuestro fundador.

N° 21 de las Cien Cartas de Oración

No voy a esconderle que su carta me ha conmocionado. Usted me escribe que en mis propuestas sobre la oración, parezco olvidar a los pecadores. “Sin duda –agrega usted, porque no los juzga dignos de practicarlas”. ¡Dios me preserve de tal fariseísmo! Pecador que se dirige a sus hermanos pecadores para invitarlos a este acto de conversión que es la oración, ¡yo no pienso sino en ellos!

Sin embargo, he reflexionado sobre mi forma de presentar la oración. Me ha parecido que por evitar el desprecio del que usted se hace eco, debería referirme más a menudo a la extraordinaria página de san Lucas que es la parábola del “Hijo pródigo”. Torturado por el hambre, el pobre muchacho se dice un día: “Retornaré a la casa de mi padre”. Y el padre, que cada día se acercaba al lugar desde el cual se veía el camino, lo percibe, “corre a su rencuentro… se lanza a su cuello… y lo abraza tiernamente”.

La oración, es esto: el momento privilegiado para tomar conciencia de su miseria, de haberle vuelto la espalda, tornando hacia Dios: el lugar del reencuentro entre el Padre y el hijo; el abrazo de la misericordia y de la miseria; la fiesta jubilosa de los reencuentros.

Comprendan: no es el hijo que se purifica, se santifica a sí mismo y viene entonces a encontrar a su padre. Observen cómo él se aproxima impuro, vestido con andrajos repugnantes; es el perdón paternal el que lo purifica, trasforma, reviste de un manto de fiesta. Hablando sin imágenes, la purificación y la santificación del pecador no son asunto del hombre, sino obra de Dios. –“¡Oh Dios! crea en mi un corazón puro”. Don de Dios, don gratuito que el hombre no sabría merecer, que le es dado, y cree; si osa creer. Y es esto lo que es grande a los ojos del Señor: Que el hombre tenga una idea tan alta de su Dios, que no dude a creer en la misericordia. Y precisamente, esto es lo que es tan grave a los ojos del Señor: que el hijo mayor se escandalice por la misericordia, que no vea sino una falta de dignidad y un insulto a la justicia.

La raza de los fariseos no podrá comprender jamás, pues para ellos es el hombre el que se santifica a sí mismo por sus esfuerzos y sus propuestas morales, y luego se presenta a Dios, digno entonces, piensa él, de tratar con él, de ser su familia. Al contrario, en la asamblea de los santos “hay más alegría por un solo pecador que se arrepiente, que por 99 justos que no tienen necesidad de arrepentirse”: ella se maravilla del espectáculo de la misericordia que mana del corazón de Dios cada vez que se presenta ante él un pecador que confía en Él, que se atreve a creer en “la locura de Dios”.

Aportar su miseria para que la misericordia la sumerja, esa es la oración del pecador – la de todos nosotros, pues “si alguno pretende no ser pecador, es un mentiroso”, afirma san Juan.

 
 
 
 

Número 20 de las Cien Cartas de Oración.

En una carta reciente buscaba, ustedes se acordarán, aquello que es esencial en la oración. Habiendo visto que lo esencial no podría ser la parte que el cuerpo, la inteligencia o el sentimiento tienen durante la oración, yo concluía que se sitúa en la voluntad. Esto es verdad y es falso. Les escribo pues de nuevo, para no arriesgarme a inducirlos a error. Es verdad, en el sentido de que aquel que ora no puede hacer nada más ni mejor que este acto de voluntad por el cual se torna hacia Dios y se abandona en Él. Pero la oración del cristiano no es solamente un acto del hombre, ella es también y en primer lugar un acto de Dios, y es bien evidente que la intervención de Dios es más importante que la del hombre. Esto estaba sobreentendido en mi pensamiento mientras les escribía; ¿estaba sobreentendido en el de ustedes mientras me leían?

Una impresionante escena bíblica ilustra de forma muy sugestiva lo que sucede en la oración cristiana. Manóaj y su mujer (Jc13, 19-20), habiendo recibido la visita del Ángel de Yahvé, ofrecen en su presencia sobre un altar en medio del campo, un sacrificio al Señor. Amontonan la leña, ponen el cabrito, alumbran el fuego. Y he aquí que de pronto el Ángel es como aspirado por el fuego y remonta de la tierra al cielo.

Un ser misterioso provoca la oración del cristiano. La orienta, la lleva hasta el Padre Todopoderoso: El Espíritu Santo. El apóstol San Pablo nos expone esta admirable enseñanza en términos más explícitos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como conviene; mas el Espíritu mismo ora por nosotros en un murmullo que nuestras palabras son incapaces de traducir” (Rm 8, 26). Esta oración del Espíritu en nosotros, es lo que hace la impresionante grandeza de nuestra oración. Llegamos fatigados del corazón y del espíritu, balbuceando pobres cosas: ¡Qué importa! De ese bosque muerto el Espíritu hace surgir una llama viva.

Esta oración del Espíritu es imposible de abarcar; una palabra sin embargo si se discierne: Abba, Padre. "Porque ustedes son hijos, escribe San Pablo, Dios ha enviado a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba, Padre” (Rm 8,15). Así la sustancia de nuestra oración es este impulso de ternura filial del Hijo por su Padre, que El Espíritu Santo hace surgir en nuestra alma. ¿Debería sorprendernos entonces, que nuestra oración de hombre sea agradable a Dios?

Mientras que somos todavía aprendices en el campo de la oración, no tenemos conciencia, habitualmente de esta oración del Espíritu Santo, no percibimos ese grito: ¡Padre!, ¡Padre!, que sin embargo resuena en las profundidades de nuestro ser. Nuestros sentidos interiores, todavía mal educados, son insensibles a esta presencia del Espíritu en nosotros. Sin embargo en algún momento, con una alegría interior y cada vez más seguido en la medida en que se afina nuestro sentido espiritual, presentamos alguna cosa de la vida estremecedora del Espíritu de Cristo: “El Espíritu mismo rinde testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 16). Entienda por esto que descubrimos en nosotros un impulso de amor por el Padre, del cual estamos bien obligados a convenir que no viene de nosotros. Orar entonces es bien simple: se trata sólo de consentir, de adherir (dos palabras cargadas de sentido para los espirituales), a aquello que se hace en nosotros; no hay sino que abandonarse a la oración del Espíritu Santo, como el aceite de la lámpara a la llama que lo aspira.

Habitualmente nada nos revela la misteriosa actividad del Espíritu. No hace falta sino consentir y adherir, pero en la fe pura, y era precisamente en este acto de voluntad al que se refería mi última carta.

No sabría cómo más recomendarles que cuando  comiencen su oración, hagan un acto de fe, preciso y vigoroso en el Espíritu de Cristo, que quiere orar en ustedes, y como quien firma un cheque en blanco, darle su consentimiento anticipado y sin reserva.

 
 
 
 

Querido amigo

Me alegra entenderte que tú no rezas jamás aisladamente; que desde el inicio de la oración te preocupas de entrar en relación con tus hermanos del mundo entero, y de convocar a todas las criaturas.

Un cristiano, en efecto, no es un solitario. Por su bautismo, la gran asamblea católica está abierta a él: si reza, no puede ser en adelante más que en la Iglesia, con la Iglesia, en nombre del Universo.

Pero no sólo es la Iglesia terrena que se reúne para orar, también es la Jerusalén celestial. Atraviesa la puerta de la Ciudad de Dios, entra; te acogerá una asamblea en fiesta; la asamblea de los ángeles que celebran el culto a Dios Vivo. San Juan en el Apocalipsis nos describe en forma magnífica esta liturgia del cielo: «en medio del trono y a su alrededor hay cuatro seres… Y ellos no cesan de repetir día y noche: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de todas las cosas. Él está, Él es, Él viene…» (Ap 4, 6b; 4, 8b).

Pero he aquí que en el seno de esta alabanza eterna surge un «cántico nuevo». El canto de la Encarnación, la Muerte y la Victoria del Hijo de Dios, quien vino a manifestar a los hombres el amor infinito de su Padre (Ap 14,3).

Así Cristo está al centro de esta liturgia. ¿Cómo la Iglesia no estará presente ella también? – ¿dónde está la Esposa fiel si no después del Esposo? Y no sólo la Iglesia que se califica como triunfante sino la Iglesia de la tierra. En cada prefacio de la misa además, nosotros lo recordamos «Por Jesucristo nuestro Señor, los ángeles adoran trémulamente su Majestad y todos los coros de los espíritus celestiales te celebran con una misma alegría. Nosotros te rogamos: deja que se una también nuestra voz a sus himnos, para proclamar en humilde lenguaje: Santo, Santo, Santo es el Señor».

Comprende bien; el Santus de la misa es infinitamente más que un eco lejano de la fiesta del cielo; significa que el pueblo cristiano reúne también la asamblea jubilosa, que la liturgia terrenal se inserta en la liturgia de los ángeles, que los pecadores, que somos nosotros, tenemos el derecho de asociarnos al culto celestial en honor a la Santidad de Dios y a la Gloria del Cristo Triunfante.

No me di cuenta que me había apartado del tema.

No olvido que hablamos de la oración y no de la plegaria litúrgica. Pero precisamente la propia oración también está en relación estrecha con el mundo de los ángeles. Encontré una ilustración muy expresiva en la Biblia.

Jacob, al llegar la noche, se durmió después de poner una piedra bajo su cabeza. La verdad sea dicha, él se agita en un sueño misterioso, como aquel de Adán cuando la creación de la mujer o el de Abraham después de la Alianza, un sueño orante: «Sueño, pero mi corazón vela». Y he aquí que Jacob percibe una escala plantada en tierra, en cuya cima se alcanza el cielo, y sobre esta escala los ángeles van y vienen, suben y bajan. Lo mismo que ora el cristiano, los ángeles también alertas son atraídos irresistiblemente hacia él; ellos vienen a convocar a su gran liturgia, y fraternalmente lo entrenan. ¿Tiene aquello algo de sorprendente: en aquellos que hacen oración, no es Cristo mismo quien ora? 

 
 
 
 
 

Número 19 de las Cien Cartas de Oración.

¿Por qué los he tratado como a hombres del Antiguo Testamento? Porque ustedes parecen ignorar esta virtud, característica de todo verdadero discípulo de Cristo en su relación con Dios, la parresía: hablar con audacia, hablar íntimamente, con total libertad.

Los Judíos piadosos no osaban acercarse a su Dios, hablarle familiarmente; ellos lo adoraban, pero como a la distancia. Escuchar a Yahvéh y sobre todo verlo era, pensaban ellos, arriesgarse a la muerte. Se dirigían a él como al Maestro, a la vez temido y reverenciado: “¡Señor! Que tus oídos estén atentos a la oración de tu servidor, a la oración de tus servidores que se placen en temer tu Nombre” (Ne 1,11).

Sólo el sumo sacerdote tenía el derecho de pronunciar el tetragrama sagrado, las cuatro consonantes del nombre divino: era el límite de la familiaridad permitida. Cuando los que lo rodeaban lo escuchaban, se arrojaban con el rostro a tierra; los otros decían: “Loado sea para siempre el nombre de su Reino glorioso”. Y ninguno se movía hasta que el Nombre divino se hubiera, por así decirlo, disipado.

Pero los profetas habían anunciado tiempos nuevos, los tiempos mesiánicos en los que le sería dado a todo hombre aproximarse a Dios y orarle con confianza: “entonces daré al pueblo labios puros a fin de que todos invoquen el nombre de Yahvé”. (So3, 9).

De hecho, Jesucristo dijo a sus discípulos: “Ustedes oren así: Padre Nuestro que estás en el cielo” (Mt6, 9). “En efecto, comenta San Pablo, ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien, han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!” (Rm8, 15). “Porque como son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su hijo que clama: ¡Abba, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo!” (Ga 4, 6-7).

A partir de ahora los cristianos, sin apartarse claro de la actitud reverencial que está en el fundamento de toda religión, pueden “acercarse” con afectuosa confianza a su Dios, donde aprenden que Él es su Padre. Escuchemos a San Juan: “Si nuestro corazón no nos condena, podemos dirigirnos a Dios con audacia” (1 Jn 3, 21). Y de nuevo a San Pablo: “En Jesucristo tenemos por fe la audacia de acercarnos a Dios con confianza” (Ef 3, 12).

Es esta audacia, esta filial seguridad, que los libros sagrados expresan mediante la palabra “Parresía”, del griego pan y retos: derecho de, decirlo todo. Parresía, a la cual la liturgia en cada misa, nos invita antes de la recitación del Padre Nuestro: “Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su Divina enseñanza, nos atrevemos a decir…”.

¿Es necesario añadir a las consideraciones que preceden un ejemplo, para atraerlos a la práctica de esta virtud? Yo citaría a Santa Teresa. Sobrecargada de tareas difíciles y llena de problemas, ella se sentía cada vez más privada del sentimiento de la presencia de su Dios durante la oración. No pudiendo más, un día se le planta al Señor con tanta audacia filial, como respeto:

“¡Y Qué! Oh mi Dios, ¿no es suficiente que me retengas en esta miserable vida, que por amor a Ti, yo acepte esta prueba, y quedarme en este exilio en donde todo contribuye a impedirme disfrutar de ti, donde es necesario que me ocupe de comer, dormir, de otros asuntos, y de relacionarme con cantidad de personas? Sin embargo ¡me resigno a todo por amor a Ti! Pues tú lo sabes bien, oh mi Dios, todo esto es para mí, un tormento indecible. Pero que los poquitos instantes que me quedan para disfrutar de tu presencia, ¡Tú te escondas! ¿Cómo puede ser esto compatible con tu misericordia?, ¿Cómo tu amor por mi puede permitirlo? Señor, si me fuera posible esconderme de ti como tú te escondes de mí, yo creo, estoy convencida de que tu amor por mí no lo soportaría. Pero tú me ves siempre. Tal desigualdad es demasiado dura, oh mi Dios, considera, te lo suplico, que esto es una injuria para quien te ama tanto”

 
 
 

Nota del Equipo Web: El 9 de diciembre pasado, el papa Francisco dirigió una carta al presidente del Consejo Pontificio para la Familia, en referencia al VIII Encuentro Mundial de las Familias, que se realizará en Filadelfia –Estados Unidos, en septiembre de este año 2015 y de la cual extractamos el siguiente texto.

Y en el Angelus del 29 de diciembre de 2013, proclamó la Oración a la Sagrada Familia que cierra este escrito. Ambos ameritan que todos los Intercesores actúen como portavoces. 

La misión de la familia cristiana, hoy como ayer, es la de anunciar al mundo, con la fuerza del sacramento del Matrimonio, el amor de Dios. A partir de este mismo anuncio nace y se constituye una familia viva, que pone el hogar del amor en el centro de todo su dinamismo humano y espiritual. Si como decía san Ireneo: «Gloria Dei vivens homo» (Adv. Haer., iv, 20, 7), también una familia que, con la gracia del Señor, vive en plenitud su propia vocación y misión, lo glorifica.

 

Los valores y las virtudes de la familia, sus verdades esenciales, son el fundamento en el que se apoya el núcleo familiar, y no admiten discusión. En cambio, estamos llamados a volver a revisar nuestro estilo de vida, que siempre está expuesto al riesgo de ser «contagiado» por una mentalidad mundana –individualista, consumista, hedonista, y a encontrar siempre de nuevo el camino real para vivir y proponer la grandeza y la belleza del matrimonio, y la alegría de ser y formar una familia.

 

Las indicaciones de la Relación final del Sínodo reciente, y las que guían el camino hacia la próxima Asamblea ordinaria en octubre de 2015, invitan a proseguir con el compromiso de anunciar el Evangelio del matrimonio y de la familia, y a experimentar las propuestas pastorales en el contexto social y cultural en el que vivimos. Los desafíos de dicho contexto nos estimulan a ensanchar el espacio de amor fiel abierto a la vida, a la comunión, a la misericordia, a la participación y a la solidaridad. Por lo tanto, exhorto a los esposos, a los sacerdotes y a las comunidades parroquiales, así como a los movimientos y las asociaciones a dejarse guiar por la palabra de Dios, en la que se apoyan los fundamentos del santo edificio de la familia, iglesia doméstica y familia de Dios (cf. Concilio ecuménico Vaticano II, constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium , 6 y 11)”.

Jesús, María y José
en ustedes contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a ustedes, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchen, acojan nuestra súplica.

Amen.