Primera parte

 

Por el padre Raniero Cantalamessa OFM cap

 

Nota del equipo Web: Siguiendo la invitación que nos hace el padre Caffarel (Ver "Triunfo de la Caridad", en la sección Nutrirnos en las Fuentes), consideramos oportuno publicar ¡40 años después!, la Tercera Predicación de Cuaresma, del padre Raniero Cantalamessa OFM cap, predicador de la Casa Pontificia, ante Benedicto XVI y la Curia Romana,  (Ciudad Del Vaticano, viernes 8 de abril de 2011. zenit.org). Los números del 1 al 8 que aparecen entre paréntesis corresponden a referencias citadas por el P. Cantalamessa, que se incluyen en la segunda parte de este documento.

 

1. Amarás al, prójimo como a ti mismo

 

Se ha observado un hecho. El río Jordán, en su curso, forma dos mares: el mar de Galilea y el mar Muerto, pero mientras que el mar de Galilea es un mar bullente de vida, entre las aguas con más pesca de la tierra, el mar Muerto es precisamente un mar "muerto", no hay traza de vida en él ni a su alrededor, sólo salinas. Y sin embargo se trata de la misma agua del Jordán. La explicación, al menos en parte, es esta: el mar de Galilea recibe las aguas del Jordán, pero no las retiene para sí, las hace volver a fluir de manera que puedan irrigar todo el valle del Jordán.

 

El mar Muerto recibe las aguas y las retiene para sí, no tiene desaguaderos, de él no sale una gota de agua. Es un símbolo. Para recibir amor de Dios, debemos darlo a los hermanos, y cuanto más lo damos, más lo recibimos. Sobre esto queremos reflexionar en esta meditación.

 

Tras haber reflexionado en las primeras dos meditaciones sobre el amor de Dios como don, ha llegado el momento de meditar también sobre el deber de amar, y en particular en el deber de amar al prójimo. El vínculo entre los dos amores se expresa de forma programática por la palabra de Dios: "Si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros". (1 Jn 4,11).

 

"Amarás a tu prójimo como a ti mismo" era un mandamiento antiguo, escrito en la ley de Moisés (Lv 19,18) y Jesús mismo lo cita como tal (Lc 10, 27). ¿Cómo entonces Jesús lo llama "su" mandamiento y el mandamiento "nuevo"? La respuesta es que con él han cambiado el objeto, el sujeto y el motivo del amor al prójimo.

 

 Ha cambiado ante todo el objeto, es decir, el prójimo a quien amar. Este ya no es sólo el compatriota, o como mucho el huésped que vive con el pueblo, sino todo hombre, incluso el extranjero (¡el Samaritano!), incluso el enemigo. Es verdad que la segunda parte de la frase "Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo" no se encuentra literalmente en el Antiguo Testamento, pero resume su orientación general, expresada en la ley del talión: "ojo por ojo, diente por diente" (Lv 24,20), sobre todo si se compara con lo que Jesús exige de los suyos:

 

 "Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rogad por sus perseguidores; así seréis hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?" (Mt 5, 44-47).

 

Ha cambiado también el sujeto del amor al prójimo, es decir, el significado de la palabra prójimo. Este no es el otro; soy yo, no es el que está cercano, sino el que se hace cercano. Con la parábola del buen samaritano Jesús demuestra que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo aparezca en mi camino, con muchas señales luminosas, con las sirenas desplegadas. El prójimo eres tu, es decir, el que tu puedes llegar a ser. El prójimo no existe de partida, sino que se tendrá un prójimo sólo el que se haga próximo a alguien.

 

Ha cambiado sobre todo el modelo o la medida del amor al prójimo. Hasta Jesús, el modelo era el amor de uno mismo: "como a ti mismo". Se dijo que Dios no podía asegurar el amor al prójimo a un "perno" más seguro que este; no habría obtenido el mismo objetivo ni siquiera su hubiese dicho: "¡Amarás a tu prójimo como a tu Dios!", porque sobre el amor a Dios es decir, sobre qué es amar a Dios el hombre todavía puede hacer trampa , pero sobre el amor a sí mismo no. El hombre sabe muy bien qué significa, en toda circunstancia, amarse a sí mismo; es un espejo que tiene siempre ante sí, no tiene escapatoria (1).

 

 Y sin embargo deja una escapatoria, y es por ello que Jesús lo sustituye por otro modelo y otra medida: "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado" (Jn 15,12). El hombre puede amarse a sí mismo de forma equivocada, es decir, desear el mal, no el bien, amar el vicio, no la virtud. Si un hombre semejante ama a los demás como a sí mismo, ¡pobrecita la persona que sea amada así! Sabemos en cambio a dónde nos lleva el amor de Jesús: a la verdad, al bien, al Padre. Quien le sigue "no camina en las tinieblas". Él nos amó dando la vida por nosotros, cuando éramos pecadores, es decir, enemigos (Rm 5, 6 ss).

 

Se entiende de este modo qué quiere decir el evangelista Juan con su afirmación aparentemente contradictoria: "Queridos míos, no os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, el que aprendisteis desde el principio: este mandamiento antiguo es la palabra que oísteis. Sin embargo, el mandamiento que os doy es nuevo" (1 Jn 2, 7-8). El mandamiento del amor al prójimo es "antiguo" en la letra, pero "nuevo" por la novedad misma del evangelio. Nuevo explica el Papa en un capítulo de su nuevo libro sobre Jesús porque no es ya solo "ley", sino también, e incluso antes, "gracia". Se funda en la comunión con Cristo, hecha posible por el don del Espíritu. (2)

 

Con Jesús se pasa de la ley del contrapeso, o entre dos actores: "Lo que el otro te hace, házlo tú a él", a la ley del traspaso, o a tres actores: "Lo que Dios te ha hecho a ti, hazlo tú al otro", o, partiendo de la dirección opuesta: "Lo que tu hayas hecho al otro, es lo que Dios hará contigo". Son incontables las palabras de Jesús y de los apóstoles que repiten este concepto: "Como Dios os ha perdonado, perdonaos unos a otros": "Si no perdonáis de corazón a vuestros enemigos, tampoco vuestro padre os perdonará". Se corta la excusa de raíz: "Pero él no me ama, me ofende...". Esto le compete a él, no a ti. A ti te tiene que importar sólo lo que haces al otro y cómo te comportas frente a lo que el otro te hace a ti.

 

 Queda pendiente la pregunta principal: ¿por qué este singular cambio de rumbo del amor de Dios al prójimo? ¿No sería más lógico esperarse: "Como yo os he amado, amadme así a mi"?, en lugar de: "Como yo os he amado, amaos así unos a otros"? Aquí está la diferencia entre el amor puramente de eros y el amor de eros y agape unidos. El amor puramente erótico es de circuito cerrado: "Ámame, Alfredo, ámame como yo te amo": así canta Violeta en la Traviata de Verdi: yo te amo, tu me amas. El amor de agape es de circuito abierto: viene de Dios y vuelve a él, pero pasando por el prójimo. Jesús inauguró él mismo este nuevo tipo de amor: "Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo" (Jn 15, 9).

 

 Santa Catalina de Siena dio, del motivo de ello, la explicación más sencilla y convincente. Ella hace decir a Dios:

 

 "Yo os pido que me améis con el mismo amor con que yo os amo. Esto no me lo podéis hacer a mi, porque yo os amé sin ser amado. Todo el amor que tenéis por mí es un amor de deuda, no de gracia, porque estáis obligados a hacerlo, mientras que yo os amo con un amor de gracia, no de deuda. Por ello, vosotros no podéis darme el amor que yo requiero. Por esto os he puesto al lado a vuestro prójimo: para que hagáis a este lo que no podéis hacerme a mi, es decir, amarlo sin consideraciones de mérito y sin esperaron utilidad alguna. Y yo considero que me hacéis a mi lo que le hacéis a él" (3).

 

2. Amaos de verdadero corazón

 

 Tras estas reflexiones generales sobre el mandamiento del amor al prójimo, ha llegado el momento de hablar de la cualidad que debe revestir este amor. Éstas son fundamentalmente dos: debe ser un amor sincero y un amor de los hechos, un amor del corazón y un amor, por así decirlo, de las manos. Esta vez nos detendremos en la primera cualidad, y lo hacemos dejándonos guiar por el gran cantor de la caridad que es Pablo.

 

 La segunda parte de la Carta a los Romanos es toda una sucesión de recomendaciones sobre el amor mutuo dentro de la comunidad cristiana: "Que vuestra caridad sea sin fingimiento [...]; amaos unos a otros con afecto fraterno, competid en estimaros mutuamente..." (Rm 12, 9 ss). "Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley" (Rm 13, 8).

 

 Para captar el espíritu que unifica todas estas recomendaciones, la idea de fondo, o mejor, el "sentimiento" que Pablo tiene de la caridad, debe partirse de esa palabra inicial: "Que la caridad sea sin fingimiento". Esta no es una de las muchas exhortaciones, sino la matriz de la que deriva todas las demás. Contiene el secreto de la caridad. Intentemos captar, con la ayuda del Espíritu, este secreto.

 

 El término original usado por san Pablo y que se traduce como "sin fingimiento", es anhypòkritos, es decir, sin hipocresía. Este término es una especie de "chivato"; es, de hecho, un término raro que encontramos empleado, en el Nuevo Testamento, casi exclusivamente para definir el amor cristiano. La expresión "amor sincero" (anhypòkritos) vuelve ahora en 2 Corintios 6, 6 y en 1 Pedro 1, 22. Este último texto permite captar, con toda certeza, el significado del término en cuestión, porque lo explica con una perífrasis; el amor sincero, dice, consiste en amarse intensamente "de verdadero corazón".

 

 San Pablo, por tanto, con esa sencilla afirmación: "que la caridad sea sin fingimiento", lleva el discurso a la raíz misma de la caridad, al corazón. Lo que se exige del amor es que sea verdadero, auténtico, no fingido. Como el vino, para ser "sincero", debe ser exprimido de la uva, así el amor del corazón. También en ello el Apóstol es el eco fiel del pensamiento de Jesús; él, de hecho, había indicado, repetidamente y con fuerza, al corazón, como el "lugar" en el que se decide el valor de lo que el hombre hace, lo que es puro, o impuro, en la vida de una persona (Mt 15, 19).

 

 Podemos hablar de una intuición paulina, respecto de la caridad; ésta consiste en revelar, tras el universo visible y exterior de la caridad, hecho de obras y de palabras, otro universo totalmente interior, que es, respecto al primero, lo que el alma es para el cuerpo. Volvemos a encontrar esta intuición en el otro gran texto sobre la caridad que es 1 Corintios 13. Lo que san Pablo dice allí, bien mirado, se refiere totalmente a esta caridad interior, a las disposiciones y a los sentimientos de caridad: la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no se irrita, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera... No hay nada que se refiera, directamente de por sí, a hacer el bien, u obras de caridad, sino que todo se reconduce a la raíz del querer bien. La benevolencia viene antes que la beneficencia.

 

 Es el Apóstol mismo el que explicita la diferencia entre las dos esferas de la caridad, diciendo que el mayor acto de caridad exterior el distribuir a los pobres todos los bienes no serviría de nada sin la caridad interior (cf. 1 Cor 13, 3). Sería lo opuesto de la caridad "sincera". La caridad hipócrita, de hecho, es precisamente la que hace el bien, sin querer bien, que muestra exteriormente algo que no tiene una correspondencia en el corazón. En este caso, se tiene una falta de caridad, que puede, incluso, esconder egoísmo, búsqueda de sí, instrumentalización del hermano, o incluso simple remordimiento de conciencia.

 

 Sería un error fatal contraponer entre sí caridad del corazón y caridad de los hechos, o refugiarse en la caridad interior, para encontrar en ella una especie de coartada a la falta de caridad de los hechos. Por lo demás, decir que, sin la caridad, "de nada me aprovecha" siquiera el dar todo a los pobres, no significa decir que esto no le sirve a nadie y que es inútil; significa más bien decir que no me aprovecha "a mí", mientras que puede aprovechar al pobre que la recibe. No se trata, por tanto, de atenuar la importancia de las obras de caridad (lo veremos, decía, la próxima vez), sino de asegurarles un fundamento seguro contra el egoísmo y sus infinitas astucias. San Pablo quiere que los cristianos estén "arraigados y fundados en la caridad" (Ef 3, 17), es decir, que el amor sea la raíz y el fundamento de todo.

 

 Amar sinceramente significa amar a esta profundidad, allí donde no se puede mentir, porque estás solo ante ti mismo, solo ante el espejo de tu conciencia, bajo la mirada de Dios. "Ama a su hermano escribe Agustín el que, ante Dios, allí donde él solo ve, afirma su corazón y se pregunta íntimamente si verdaderamente actúa así por amor al hermano; y ese ojo que penetra en el corazón, allí adonde el hombre no puede llegar, le da testimonio" (4). Era amor sincero por ello el de Pablo por los judíos si podía decir: "Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza" (Rom 9,1-3).

 

 Para ser genuina, la caridad cristiana debe, por tanto, partir desde el interior, desde el corazón; las obras de misericordia de las "entrañas de misericordia" (Col 3, 12). Con todo, debemos precisar en seguida que aquí se trata de algo mucho más radical que la simple "interiorización", es decir, de un poner el acento de la práctica exterior de la caridad a la práctica interior. Este es solo el primer paso. ¡La interiorización apunta a la divinización! El cristiano decía san Pedro es aquel que ama "de verdadero corazón": ¿pero con qué corazón? ¡Con "el corazón nuevo y el Espíritu nuevo" recibido en el bautismo!

 

 Cuando un cristiano ama así, es Dios el que ama a través de él; él se convierte en un canal del amor de Dios. Sucede como con el consuelo, que no es otra cosa sino una modalidad del amor: "Dios nos consuela en cada una de nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a quienes se encuentran en todo tipo de aflicción con el consuelo con el que nosotros mismos somos consolados por Dios" (2 Cor 1, 4). Nosotros consolamos con el consuelo con el que somos consolados por Dios, amamos con el amor con el que somos amados por Dios. No con uno diverso. Esto explica el eco, aparentemente desproporcionado, que tiene a veces un sencillísimo acto de amor, a menudo escondido, la esperanza y la luz que crea alrededor.

 

Continuará....